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Atrapados en la red

Ana se ha levantado a las ocho y media de la mañana. Un café muy cargado y una ducha rápida sirven para separar sus recientes sueños de otro día más en la oficina. Apenas ha pasado dos horas sentada en su mesa de trabajo y ya está pensando en lo que va hacer nada más salir de la oficina. Su cara refleja agotamiento y cierta impaciencia pero cumple el deber y espera ansiosa la hora de regresar a casa. A mediodía, después de comer algo ligero en la cafetería de debajo de la oficina, prepara otra taza de café para combatir el sueño. Ahora sólo le queda pulsar el botón que le devuelva a su vida real. Unos minutos de espera y ya está. Conectada.

Son las 9 de las noche y Ana –desde que encendió el ordenador su nombre es Aina- sólo se ha levantado de la silla en dos ocasiones para ir al baño. En cinco horas ha hablado con algunos de sus mejores amigos y con otros tantos que frecuentan el canal Amistad, su salón de chat preferido. Está hambrienta, pero se resiste a prepararse algo de cenar porque no quiere perder ni un solo minuto delante del ordenador. Al final el hambre le puede y descansa la vista mientras cena rápidamente en la cocina. Son las 10. Vuelve a su cuarto y retoma las conversaciones, ¿hasta que hora se quedará hoy?

Lo que parece un relato fantástico es una realidad cada día más habitual entre los usuarios de internet. Ana, el seudónimo que ha elegido la protagonista de esta historia, está ahora rehabilitada después de casi un año de tratamiento en un gabinete de psicólogos. La soledad y el intento de establecer relaciones personales fáciles y rápidas le llevó un día a probar la fórmula secreta del chat. Desde entonces no supo distinguir entre el entretenimiento y su verdadera vida. “Llegué a despreocuparme totalmente de mi vida, sólo pensaba en llegar a casa y conectarme a internet para hacer nuevas amistades”, comenta Ana. Su adicción llegó hasta el extremo de perder casi todas sus relaciones personales. Incluso sus compañeros de trabajo la notaron mas reservada y distraída en la oficina. “Cuando estaba trabajando sólo pensaba en llegar a casa para conectarme a internet. Pensaba en lo que iba a hacer con el ordenador y desatendía todas mis responsabilidades”, apunta.

Ana cayó en la cara oculta del fenómeno de internet. No es extraño que la red pueda llegar a atrapar a alguien si tenemos en cuenta el creciente consumo de este nuevo medio. La mejora de las conexiones y el notable descenso de los costes de conexión son los dos principales factores que explican el acelerón que ha dado internet dentro de los hogares españoles. Lo que al principio comenzó como una red de exclusivo uso militar, ahora es la mayor fuente de ocio y entretenimiento a la que podemos recurrir. La world wide web es hoy un avance que proporciona innumerables ventajas para la educación, el comercio y, en última instancia, para el desarrollo personal del individuo. Sin embargo, esta cantidad de ofertas al alcance de todo el mundo puede tornarse en un arma de doble filo si no se toman las debidas precauciones. El IAD (Internet Adiction Disorder), es el nombre que muchos expertos psicólogos han dado al trastorno de dependencia de la red.

El principal problema con el se encuentran los estudiosos de esta nueva patología consiste en definir en qué consiste exactamente la adicción a internet. El catedrático de Psicología de la Universidad del País Vasco, Enrique Echeburúa, es uno de los mayores expertos en adicciones psicológicas, es decir, las conductas potencialmente adictivas ajenas a cualquier consumo de drogas. Ante el problema de delimitar la adicción a la red, Echeburúa matiza la diferencia entre adicción a internet y adictos en internet: “El primer caso está relacionado con la soledad y la necesidad de establecer relaciones virtuales y anónimas. Por el contrario, los adictos en internet utilizan la red como un medio más para satisfacer sus necesidades patológicas”. Supongamos, por ejemplo, que un ludópata recurre a internet para jugar y pasa conectado seis horas diarias apostando en la red. ¿Es este un caso de ludopatía o de adicción a internet? Tal y como señala el profesor Echeburúa, estas dependencias no son tanto al medio sino al contenido, por lo que no pueden ser consideradas propiamente adicción a internet. Pero este no era el caso de Ana. Ella no buscaba juegos, ni sexo, ni apuestas. Ana era el más típico caso de dependencia a la red. Lo que ella necesitaba era crear un mundo virtual donde pudiera moldear las relaciones personales a su gusto. “No soy especialmente tímida, pero cuando navegaba por internet me desinhibía por completo. Podía hacer realidad todos mis deseos”.

La condena

Internet Relay Chat (IRC) son las tres palabras malditas para los ciberadictos. Estos canales de conversación se han convertido en el salón de encuentros personales más concurrido en toda la red. A través de un apodo o nick –lo que contribuye a dar más anonimato a la relación- cualquier usuario es capaz de mantener conversaciones en tiempo real con personas de distintos puntos del planeta. Estas salas de chat se estructuran generalmente por afinidades temáticas. Tanto el que quiere hablar de política como los amantes del esquí extremo tienen cabida en este centro de reuniones virtual. Pero no sólo IRC es la única forma de quedar atrapado en la red. El correo electrónico, al que casi todos atribuimos la única ventaja de la rapidez, es tal vez el medio más utilizado por los adictos a internet. Los foros de debate mundiales reúnen, a través de la mensajería virtual, a miles de personas con muchas cosas que contar y dispuestos a tirarse largas horas delante de una pantalla.

Además de estas modalidades de conversación, el uso patológico de la red también incluye otros tipos de dependencias. Juan Alberto Estalló es licenciado en Psicología y ha desarrollado diversos estudios sobre adicción a videojuegos e internet. Este profesional destaca dos tipos de usuarios adictos: el primero, y más común, es el caso de los que utilizan la red para sentirse reconocidos dentro de un grupo, buscar nuevas relaciones personales y, en definitiva, llegar a un nivel satisfactorio de estimulación social. Pero hay un segundo grupo de adictos a internet, quizá no tan conocido, pero igual de peligroso. Son aquellos que navegan por internet con la única intención de obtener nuevos programas y recursos para su ordenador personal. En este caso, el uso de la red no está orientado a entablar nuevas relaciones personales. Al contrario, el perfil típico de este tipo de adictos es una persona ensimismada y carente de cualquier tipo de relación personal.

Mujer joven y culta

Es difícil lograr un consenso sobre el perfil de la persona adicta. No obstante, a pesar de las discrepancias, un gran número de profesionales ha llegado a perfilar, a grandes rasgos, la silueta del adicto a internet. Uno de estos profesionales es el psiquiatra José María Otín, quien, en el primer Congreso de Salud en el Trabajo que tuvo lugar en Barcelona el pasado año, indicó que el prototipo de adicto a internet responde a una mujer de entre 19 y 26 años, con nivel de estudios alto y casada o soltera, pero nunca divorciada o separada. Este último dato es el más paradójico, ya que resulta extraño que una fémina casada recurra a internet para satisfacer necesidades de relaciones personales. Ana se ajusta perfectamente a este perfil. A sus treinta años (sobrepasa ligeramente las estimaciones del doctor Otín) estaba soltera y su problema de adicción no estuvo motivado por una mala experiencia de relaciones amorosas. En el momento de máxima dependencia no tenía novio y su estado emocional estaba equilibrado: “No me lancé a internet para encontrar novio. Esa no era la necesidad. Lo único que quería era encontrar gente con la que me sintiese a gusto, no tenían por qué ser hombres”, señala Ana.

Comprobando la encuesta de AIMC de 1998 y la de OJD del pasado año se puede ver algunos cambios significativos sobre el consumo de internet en España. Así, mientras que en 1998 los usuarios eran mayoritariamente hombres y se conectaban casi de forma repartida entre el trabajo y el domicilio particular. En 2002 se pudo apreciar un notable incremento del número de mujeres que recurren a internet con mucha frecuencia. Además, la compra masiva de ordenadores para uso particular explica el increíble aumento del consumo de Internet desde el domicilio así como la proliferación de cibercafés y salas de juegos en red. En la actualidad, de los 9 millones de usuarios de internet que hay en nuestro país, un 6% hace un uso patológico de la red (entendiendo por ello la conexión durante más de treinta horas a la semana).

Las estadísticas reflejan un tremendo acelerón del consumo de internet en los últimos años y las previsiones estiman que el uso de internet irá en aumento a medida que pasen los años. Es normal, por tanto, que cuantos más usuarios haya más fácil será encontrar nuevos casos de adicción a la red. Pero la Asociación de Usuarios de Internet no está del todo de acuerdo con los estudios sobre dependencia de internet. Desde su página web advierte que “muchos de los estudios sobre este tema son erróneos o están falseados” y pide prudencia a la hora de lanzar datos y cifras sobre adicción.

Además, la dificultad de precisar qué es adicción y en cuántas horas de conexión está el umbral que separa la dependencia del uso cotidiano hace que la psicología como ciencia aún no reconozca este uso patológico como adicción propiamente dicha. “Ni siquiera los dos manuales universales de psicología reconocen aún la adicción a internet como un trastorno de la conducta”, comenta Ainhoa Castillo, psicóloga de la Asociación de Ludópatas Aralar.

¿Y después, qué?

Ana lleva ya bastante tiempo rehabilitada. Después de casi un año en tratamiento psicológico, logró separar su vida del rdenador. “Desengancharte de internet no es fácil. Yo lo comparo con las drogas; aunque no tomes ninguna sustancia, hay algo que te empuja a conectarte y cuando lo haces ya no puedes parar”. El tratamiento que siguió para acabar con esa maldita dependencia le hizo pasar malos momentos. El primer paso fue reconocer el problema: “Tal vez sea lo más difícil, no quieres darte cuenta de que necesitas ayuda y piensas que simplemente te conectas para pasar el rato”. A ella le ayudó una amiga, después de observar durante largo tiempo cómo su amistad empeoraba. “Ella me aseguró que había cambiado. Casi no veía a mis amigos, no salía con ellos ni siquiera para tomar un café y en el trabajo sólo pensaba en lo que iba a hacer cuando me conectase a internet. Estuve a punto de perderlo todo”. Una vez iniciadas las sesiones con el psicólogo, se deshizo del ordenador. Fue su amiga quien se lo guardó y, aunque ya se la ha devuelto, no tiene conexión a internet. “Alejarme del ordenador no era el final del problema –comenta-, ahora se trataba de no caer en la tentación del teléfono”. Porque uno de los problemas más vinculados a la adicción a internet (cuando ésta se basa en una búsqueda desesperada de relaciones personales) es el de la dependencia a las party lines y las líneas de contactos.

Todo terminó con un final feliz. En su casa sigue sin tener conexión a internet y no está dentro de sus planes de futuro. “En la oficina me conecto a internet de vez en cuando y también en casa de algún amigo, pero nada de chats, eso ya paso a la historia”. El problema de Ana ya está olvidado, pero no el de muchas otras personas que todos los días recurren a un teclado y una pantalla para sentirse realizados.

Javier Gallego

ültima actualización, Enero de 2004

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